Exposición al sol, con cabeza
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Exposición al sol, con cabeza

Luz de mañana para el reloj interno y sol moderado para la vitamina D. Sin quemarse nunca.

29 ago 2026
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Qué es

Tomar el sol a propósito, pero con criterio: luz natural en la primera hora después de despertar para poner en hora el reloj interno, y exposición corta y sin quemarse en otros momentos del día para que la piel fabrique vitamina D. No es tumbarse horas en agosto.

«Con cabeza» quiere decir eso: la dosis, la hora y el tipo de piel importan tanto como el sol.

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Primero andar, luego correr

La exposición al sol es un tema delicado, y voy a contar cómo la he metido en mi vida siendo lo más cuidadoso posible, porque soy consciente del mal uso que hace mucha gente del sol. Lo primero: en esta vida hay que tener cabeza y saber escuchar al cuerpo. No puedes pretender correr una maratón si antes no has corrido mil, dos mil, tres mil metros sin echar la lengua fuera. De la misma manera, nadie puede pretender estar todo un año sin luz solar de forma asidua y que, al llegar agosto, su cuerpo no reaccione con quemaduras, manchas o, lo que es peor, cáncer de piel. No soy médico, pero tengo dos dedos de frente: para correr, primero hay que andar.

Y ojo, aun con esto soy una persona a la que no le hace mucha gracia el verano. En las horas centrales trato de no salir mucho si el sol aprieta. Lo que sí me permite haber construido una buena relación con el sol durante todo el año es algún lujo: estar quizá algo más de tiempo fuera en verano sin problema. Pero como cualquier ser humano, si me quedo una hora bajo el sol de julio en España, me quemo. Es lo normal.

“¡Gran astro! ¿Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas?”
— Nietzsche, Así habló Zaratustra

Cómo empecé: después del agua fría

Todo empezó con los baños fríos. Un otoño, después de entrenar, me metía en el agua fría, y al salir me di cuenta de que quedarme al sol mientras se pasaba la vasodilatación me sentaba genial. Así que lo hice. Y poco a poco fui añadiendo minutos, como una tostada de pan, y empecé a notar cosas: descansaba mejor por las noches y me sentía más vital y vigoroso.

No es de extrañar. Al investigarlo vi que la piel fabrica vitamina D a partir de un derivado del colesterol cuando le da la radiación UVB, y que esa vitamina es liposoluble: comer suficientes grasas saludables ayuda a aprovecharla. Sol moderado y buena grasa en el plato forman un binomio que funciona. Por otro lado, es obvio que gané un tono más moreno del que cualquiera tendría en España en pleno noviembre… y así seguí hasta que llegó el verano y empecé a rehuir ese sol criminal de la estación estival.

Qué me aporta

Lo mejor establecido es el efecto de la luz de mañana sobre el ritmo circadiano: unos minutos de luz exterior al levantarte adelantan la señal de alerta, mejoran el ánimo durante el día y, sobre todo, ayudan a dormir mejor esa noche. La vitamina D, de la que buena parte de la población anda justa en invierno, se fabrica con sol moderado en piel descubierta.

Y hay un efecto menos medible: salir a la luz cada mañana es un ancla del día. Cuesta empezar mal un día que arranca fuera, con el sol dando en la cara.

Amanecer y atardecer: el reloj

También trato de ver el amanecer y el atardecer, mirando hacia la luz, nunca al sol. Esto ya no tiene tanto que ver con la vitamina D como con las hormonas. Al amanecer el cuerpo genera más cortisol y todo lo que te prepara para el día; al atardecer, la luz baja y anaranjada le dice al cuerpo que toca descansar. Y si después de eso usamos pantallas con luz azul —la luz propia del mediodía— le hacemos creer a la mente que aún es de día, y el cuerpo deja de fabricar la melatonina que tan esencial es para un buen descanso.

Cuando los hospitales tenían solárium

Nada de esto es nuevo. Hace poco más de un siglo, antes de los antibióticos, el sol era literalmente un tratamiento médico. Los sanatorios de tuberculosis se construían en la montaña, orientados al sur, con terrazas y galerías donde los enfermos pasaban horas tumbados al aire libre: en los Alpes suizos, el doctor Auguste Rollier levantó clínicas enteras de helioterapia donde la «cura de sol» se dosificaba con reloj, empezando por los pies unos minutos y subiendo día a día — la misma idea de la tostada. En 1903, el danés Niels Finsen recibió el Nobel de Medicina por tratar con luz la tuberculosis de la piel. Y en los años veinte se descubrió que unos minutos de luz ultravioleta curaban el raquitismo de los niños de las ciudades industriales: acababan de dar con la vitamina D sin saberlo todavía.

Muchos hospitales tenían su solárium, y las camas se sacaban a las terrazas cada mañana. Luego llegaron la estreptomicina y la penicilina, y el sol desapareció de la receta. Conviene decirlo con honestidad: lo que curó la tuberculosis fueron los antibióticos, no el sol. Pero aquellos médicos habían observado algo real —que los enfermos con luz, aire y descanso iban mejor que sin ellos— y hoy sabemos parte del porqué: vitamina D, ritmo circadiano, ánimo, sueño. Lo que hago cada mañana es, a escala pequeña y sin ninguna enfermedad de por medio, lo que ellos prescribían.

Una fotografía antigua muestra a pacientes de un hospital tomando el sol en una terraza.
Una fotografía antigua muestra a pacientes de un hospital tomando el sol en una terraza.
“Después del aire fresco, lo que más necesita un enfermo es luz. Y no cualquier luz: luz directa del sol.”
— Florence Nightingale, Notas sobre enfermería (1859), paráfrasis

Cómo lo practico

Luz exterior nada más levantarme, aunque esté nublado, sin gafas de sol y sin mirar al sol. Y en las horas de más sol, exposición corta y protegida cuando toca estar fuera. La luz de la mañana forma bloque con el grounding y la respiración.

Si quieres empezar

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    Los diez primeros minutos del día, fuera, caminando, con el café. A través de un cristal no cuenta igual.

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    Empieza en otoño o primavera, no en julio: minutos que se suman semana a semana, como una tostada, para que la piel se adapte.

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    Para la vitamina D hace falta sol alto (mediodía, de primavera a otoño; en invierno en España casi no hay UVB): exposiciones cortas (según tu piel, de 10 a 20 minutos; las pieles oscuras necesitan bastante más) en brazos y piernas, y a cubierto antes de enrojecer.

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    En las horas centrales del verano: sombra, ropa y protector. Quemarse nunca es parte del plan.

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    Tras el atardecer, menos pantallas o luz cálida: la luz azul de noche retrasa la melatonina.

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    En invierno, si no hay sol, una analítica de vitamina D y suplementar si hace falta.

Ojo

Quemarse sube el riesgo de cáncer de piel, y eso no lo compensa ninguna vitamina. Nunca mires al sol directamente, ni al amanecer ni al atardecer: el daño en la retina no duele y no avisa. Con medicación fotosensible o antecedentes de melanoma, consulta.

Sin gurús

No pretendo ser un gurú ni Marcos Llorente. Solo cuento un hábito más que, al menos a mí, me ha venido muy bien. Eres libre de probarlo o no; pero recuerda: escucha siempre a tu cuerpo y ten dos dedos de frente.

DRAGOADRI

Escrito por

DRAGOADRI

29 de agosto de 2026

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